Los dos amigos habían corrido en cientos de carreras y maratones. Sus pies habían pisado la mayor parte del globo. Tenían la sensación de que ningún reto podría complacerles ya.

Uno tuvo una idea: “¿Por qué no partimos cada uno en direcciones opuestas y no paramos de correr hasta que nos encontremos de nuevo al otro lado del mundo?”. El otro, extrañado le preguntó: “¿Y cómo estaremos seguros de que ninguno se echará atrás?”. A lo que el primero respondió: “Mira, nos daremos el uno al otro lo que más apreciamos. La medalla que hayamos ganado de la que conservemos mejor recuerdo”. Los dos sonrieron encajando un fuerte apretón de manos. Se dieron la vuelta y comenzaron a correr.

Al cabo de muchos días, el primero llegó al otro lado del mundo. Aún no había señales de su gran amigo. “Tal vez he corrido más que él” pensó. Y siguió corriendo. Pasaron los días y ni rastro de su compañero. “¿Se habría echado atrás?”. Finalmente se detuvo abatido. Su amigo le había fallado.

Entonces escuchó su nombre. La voz le llegaba lejana, a su espalda. Se dio la vuelta y pudo ver a su amigo que se acercaba corriendo. Al llegar a él no podía hablar. Estaba sin resuello. Sorprendido, el primero de ellos le preguntó: “¿Por qué corrías detrás de mí?”. Balbuceando, le mostró lo que llevaba en la palma de su mano y le dijo: “Te olvidaste mi medalla”.

Ramón…

El Pequeño Cuento de… Los dos amigos corredores…
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